¡Presiento un cambio!

cuba7

Ahora que la primavera por fin llegó a esta ciudad, después de uno de los  inviernos más largos y duros de los últimos años (según he oído decir en varias ocasiones) hoy, un amigo me invitó a una barbacoa en un parque organizada por un grupo de cubanos residentes aquí en Berlín. Enseguida me hicieron sentir como entre amigos, ofreciéndome comida, bebida y amigable conversación, y aunque a la mayoría de ellos era la primera vez que los veía en mi vida, al poco rato empecé  a experimentar un cariño entrañable por todas y cada una de aquellas personas; y esto, como lobo de las estepas con sangre gallega que soy, os puedo garantizar que muy pocas veces me ocurre. Después de comer, beber cerveza, conversar sobre cuestiones más o menos triviales con uno y con otro, e incluso jugar una partida de dominó, la cual, dicho sea de paso, gané para sorpresa y risas de todos (pues poco antes confesé que yo no sabía jugar, y no mentí, recuerdo haberlo hecho una o dos veces en mi infancia), tuve la oportunidad de disfrutar de una charla sobre la realidad política y social cubana con quienes mejor podían proporcionarme información al respecto. Así que, como os podréis imaginar, aproveché esa oportunidad y disparé a diestro y siniestro todas las dudas y cuestiones que se me ocurrieron, muchas de las cuales guardaba en la recámara desde hacía años esperando que se me presentara la ocasión oportuna. Nunca he conocido a gente de ningún lugar del mundo que, aun habiendo tenido que dejar su tierra por las razones que sea, aun reconociendo los errores de su régimen y aun anhelando la prosperidad para los suyos como justamente desearía cualquier ser humano, me hayan hablado con tanto amor hacia su país y con tanto respeto hacia su gobierno como los cubanos que yo he conocido; y que conste, esto me ha ocurrido ya en varias ocasiones.

Hace tiempo que la situación de crisis en mi país (España) me preocupa y me hace reflexionar, como a tantos millones de mis compatriotas. En mi opinión, toda esta situación tiene su origen en una crisis de valores que ya no afecta únicamente a España, sino al mundo. Durante estos últimos años en los que en mi país, entre otras cosas, se ha insultado a la inteligencia de la gente (cualquier niño con uso de razón entiende que es una injusticia que las ayudas económicas internacionales se hayan destinado a salvar a las entidades bancarias, mientras que al ciudadano no sólo se le deja desprotegido, sino que se le hace pagar a través de los impuesto) con tanto robo, corrupción y falsedad, también se ha hecho patente un sentimiento de cansancio y descrédito hacia la clase política, así como el principio de un movimiento social ajeno a las corrientes ideológicas establecidas.  Todo ello, al final, me ha hecho soñar que es posible un cambio profundo, un cambio que, insisto, tarde o temprano debería extenderse; ya no estoy hablando sólo del problema de España. Pero al mismo tiempo de tomar conciencia de que la semilla de este cambio estaba sembrada, no se me ocurría cómo, de qué manera se podría materializar.

Quiero mencionar aquí dos citas a las que en los últimos meses me he aferrado como a un salvavidas ideológico y que tienen directa relación con lo que escribo. La primera es de Georges Brassens y dice: “La única revolución es intentar mejorar uno mismo esperando que los demás también lo hagan.” Y la segunda es de Máximo Gorki: “Todo el mundo piensa en cambiar la humanidad, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Las dos tienen en común el principio de la individualidad de la conciencia. Desde mi humilde opinión, el comunismo no funcionó (aparte de por errores de forma como, por ejemplo, el no haber sabido diferenciar entre la igualdad y el igualitarismo, y muchas otras razones que yo desconozco) porque un tanto por ciento elevado de su gente no estaba creyendo conscientemente en lo que defendía (querían cambiar el mundo, pero se olvidaron de trabajar en sí mismos) y con el paso del tiempo no fueron sus conductas consecuentes con sus ideales. Por eso considero tan importante ese primer paso de tomar conciencia y creer firmemente en algo, antes de actuar a la ligera por intereses, por seguir a la mayoría, o simplemente por rabia. Es fácil criticar al sistema, a los políticos que nos gobiernan, incluso al vecino, sin darnos cuenta de que muchas veces en nuestros pequeños quehaceres cotidianos no actuamos de manera fiel a como decimos que pensamos.

Así que presiento ese cambio y creo que la difícil situación que estamos atravesando, dentro de lo nefasto, es el caldo de cultivo ideal para la toma de conciencia de nuevos valores basados en la solidaridad y la honradez. Pero, a partir de aquí, mis pensamientos se perdían en un abismo. ¿Cómo  se podría cristalizar esta indignación generalizada y estos anhelos de cambio profundo en un proyecto realmente vivible? ¿Un partido político nuevo, no se corrompería también, o se vería obligado a arrodillarse ante el monstruo del capitalismo? Yo, desde luego, no tengo la solución, y tampoco me parece nada fácil. Pero después de meses en los que todos estos pensamientos se han ido colando en mi cabeza, haciéndose un hueco entre mis personales preocupaciones; hoy, rodeado de este grupo de amigos cubanos, se ha encendido una pequeña luz en mi interior. Y esa luz ilumina un camino hacia un mundo mejor que, por más difícil que sea, para mí, rodeados como estamos de tanta poca vergüenza, honestamente pasa por la necesidad de tomar ejemplo del pueblo cubano y los aciertos de su revolución. Ningún pueblo del mundo (que yo conozca), después de una crisis económica de dimensiones tales que extinguió por completo el tráfico de sus ciudades (me aseguran que podías acostarte y dormir en medio de las calles sin temor alguno a aparecer atropellado la mañana siguiente), que dejó a su gente en una situación de precariedad absoluta, privándoles de las necesidades más básicas como el jabón con que lavarse, la electricidad y los alimentos, y que hizo caer hasta un 80 % sus exportaciones; ningún pueblo del mundo, bajo la presión de tales circunstancias, permite que su gobierno siga liderándolo si no es porque realmente cree en él y lo apoya.

Mi padre, hombre profundamente creyente, cuando siendo adolescente yo le planteaba mis dudas religiosas, recuerdo que me decía: cuando el Cristianismo, después de todas las atrocidades que en su nombre ha cometido la Iglesia  Católica a lo largo de su historia, es una llama que aún no se ha extinguido, será porque algo de verdad hay en él. Y yo ahora me pregunto: cuando la Revolución Cubana, después de transcurridos tantos años, después de sus errores, después de tantas calamidades padecidas por su gente, después de verse prácticamente desamparada y sola tras la caída de la Unión Soviética, y después (y sobre todo) del asedio enfermizo y cruel por parte del país y la economía más poderosos del mundo, es una llama que no se ha podido extinguir, ¿no será porque, después de todo, algo de verdad hay en ella?

Diego Rey

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